proclamar en las sesiones de oración este hecho irrefutable: la presencia divina en el seno de la comunidad religiosa, educativa o cualquier grupo que intencionalmente se reúne a orar en nombre de Cristo. Convencidos de esta promesa, los Hermanos aceptamos la invitación de Dios de proponer un tipo de oración que está siempre recreándose según las circunstancias y la naturaleza de los sujetos de la comunidad. Generalmente, los actos litúrgicos tradicionales no suelen ofrecer la posibilidad de acceder a un reconocimiento de la diversidad y al protagonismo de todos los celebrantes debido a su estructura fijada por la tradición y las normas litúrgicas, la presidencia del sacerdote y las expectativas de las personas.

El Hermano Cristiano lo que busca es afirmar la presencia de cada miembro orante del grupo, ayudar a tomar conciencia de que en el individuo se realiza el misterio de que: "Dios mandó el Espíritu de su Hijo a nuestros corazones" (Gál 4,6). En realidad los Hermanos quieren compartir en la oración con sus colegas y alumnos la certeza de nuestra filiación divina: "Todos los que son guiados por el Espíritu de Dios, son hijos de Dios. Pues ustedes no han recibido un espíritu de esclavitud que los lleve otra vez a tener miedo, sino el Espíritu que los hace hijos de Dios. Por este Espíritu nos dirigimos a Dios, diciendo: "¡Abbá! ¡Padre! "Y este mismo Espíritu se une a nuestro espíritu para dar testimonio de que ya somos hijos de Dios" (Rom 8,14­16). La fraternidad es un don dado a la Iglesia para fortalecer los vínculos horizontales entre los hijos e hijas de Dios, para proclamar que tenemos acceso directo a las fuentes del Espíritu. Las liturgias de nuestros colegios y misiones deben reflejar con toda nitidez este don.

La anterior afirmación explica porqué la creatividad en la oración de los Hermanos es otro signo de la espiritualidad de ser Hermanos. Tratamos de responder a las nuevas comprensiones que el hombre y la mujer tienen de sí mismos y darles una expresión litúrgica. La creatividad es un don que proviene de la actuación del Espíritu en todo bautizado: "Cuando una persona se vuelve al Señor, el velo se le quita. Porque el Señor es el Espíritu; y donde está el Espíritu del Señor, allí hay libertad. Por eso, todos nosotros, ya sin el velo que nos cubría la cara, somos como un espejo que refleja la gloria del Señor, y vamos transformándonos en su imagen misma, porque cada vez tenemos más de su gloria, y esto por la acción del Señor, que es el Espíritu (2 Cor 3,16-18). Haciendo uso de esta libertad, colaboramos para quitar el velo que se interpone entre el orante y Dios y afirmamos con confianza que dirijan su mirada hacia el centro del misterio litúrgico: Cristo entre nosotros.

Por nuestra tradición pedagógica conocemos técnicas de motivación y participación activa, dinámicas de

 

integración, efectos audiovisuales, etc. Todos son elementos que empleados con creatividad tienen el efecto de tomar conciencia de sí y de Aquel que se acerca a la comunidad para unirla a las alegrías y tristezas de la humanidad. "A ciertos intervalos de horas y tiempos oramos vocalmente al Señor, para amonestarnos a nosotros mismos con los símbolos de aquellas realidades, para adquirir conciencia de los progresos que realizamos en nuestro deseo, y de este modo nos animemos con mayor entusiasmo a acrecentarlo" (San Agustín, Cartas 130).

Obviamente no se trata de echar por la borda la rica tradición católica de oración. Estoy indicando sencillamente que la atención a los intereses de los orantes merece tomarse en cuenta en la planificación de las liturgias y que la creatividad es el modo práctico de descubrir nuevas dimensiones de lo que es misterio. E1 Via crucis o el Rosario, los actos penitenciales o la oración de intercesión siempre pueden ser reformulados y alcanzar un nuevo significado si logran que el individuo no se pierda en la multitud y logre el fin de toda oración cristiana: ponernos en contacto con nuestro Hermano Jesús, el Sumo Sacerdote que entró de una vez para siempre en el santuario para obtener una "liberación irrevocable" (Heb 9,12).

Misión en Azul, enero 2005
Hno. Alberto Llanos

Mientras el colectivo (bus) llegaba aquella soleada tarde de enero a Azul, a 300 kilómetros al oeste de Buenos Aires, me preguntaba qué era lo que nos esperaba, cómo seria misionar con las personas de esa ciudad, cómo encontrar la presencia de Dios en los acontecimientos que sucederían. Como miembro de la Congregación de Hermanos Cristianos fui invitado por el equipo de liderazgo regional a participar de esta noble tarea, obviamente llegué con un sinnúmero de interrogantes pero también con muchas ganas de vivir esta nueva experiencia en mi vida.
El sol caía hacia el oeste mientras arribábamos a nuestro hogar, el barrio de San Francisco, junto a un fuerte del ejército, ubicado al norte de la cuidad. Ochenta jóvenes argentinos, dos Hermanos Cristianos y dos sacerdotes formaban parte de este "pelotón" cuya únicas armas eran un crucifijo, la imagen de la Virgen de Luján y el amor de Cristo para entregar a todas las personas que encontráramos en nuestro camino, sin importar raza, edad o condición social.
Amanece en Azul. Nuestros misioneros son jóvenes del Colegio Newman, alumnos que están cursando el último año de estudios y ex alumnos que desean repetir una vez más la experiencia del servicio a los más necesitados. Todos con ese ánimo y energía que se renueva cada mañana y se demuestra en el compartir con los niños y pre-





     
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