organización acerca de cómo había acontecido el día de inscripciones de los niños en los diferentes lugares de misión en los que estábamos este año (barrio de Barrantes y caseríos de Poncoy, Valle Hermoso y Cúsupe). Lugares ya conocidos por nosotros en misiones anteriores, sólo el último era un lugar nuevo en la lista.
Cristian estaba algo nervioso por ser el más joven de todos los misioneros que estaban congregados ahí, jóvenes de diferentes ciudades del Perú y dos jóvenes voluntarios de los Estados Unidos (Eric y Santiago), todos respondiendo a un llamado de servicio que Dios les había hecho por medio de los Hermanos. Chicos — les dije —les presento a Cristian, el misionero más joven que nos estará apoyando en la Misión de la escuelita de Barrantes, y al que recibimos con un fuerte aplauso. Sonaron efusivamente por un buen momento las palmas de todos los jóvenes presentes y noté que se iluminaba el rostro, antes nervioso, del joven misionero con una agradable sonrisa y un pequeño brillo en sus vivaces ojos.
De esta manera Cristian estaba respondiendo a la invitación que le hice cuando lo vi en la escuelita de Barrantes observando jugar a los niños y niñas, él había ido acompañando en aquel entonces a su pequeña hermana Santa para inscribirla en el programa de la misión. Me dejé guiar por su mirada de atención y no tuve en cuenta que tal vez sería demasiado joven para acompañara a los otros misioneros que son de alrededor de 20 años. Invitar a una persona es un primer paso que puede desenvolver una vida de servicio que potencialmente está solo observando. Los Hermanos Cristianos tenemos la misión de invitar a aquellos que están cerca de nuestras tareas. Invitar sin temor porque es el modo en que compartimos el carisma del Beato Edmundo quien invitó a sus primeros compañeros a unírsele en una empresa 4 cuya dimensión sólo Dios conocía.
Iniciamos esta Misión Educativa Edmundo Rice en la ciudad de Monsefú el lunes 10 de febrero. Esta labor de servicio y entrega, se lleva a cabo durante seis semanas, las cuales se dividen en dos etapas: La primera etapa, es de tres semanas participan los jóvenes que tienen alguna inclinación vocacional a la vida religiosa, o los jóvenes que deseen conocer más de cerca la labor misional de los Hermanos, también apoyamos en esta etapa algunos jóvenes que ya estamos en plena formación religiosa (Aspirantes, Postulantes y Novicios). La segunda etapa, las otras tres semanas restantes, es una oportunidad para los jóvenes y señoritas que participan en los grupos Pastorales de los colegios que dirigen los Hermanos Cristianos Fe y Alegría de Lima y Mundo Mejor de Chimbote, de esta manera ellos tienen un contacto más directo con la educación de los niños pobres y necesitados, de la misma manera que hizo nuestro fundador. En ambas etapas colaboran jóvenes del mismo pueblo de Monsefú, de este modo no es una misión con gente y recursos venidos de afuera, sino que el pueblo mismo se ayuda en la mejora de sus condiciones educativas.
Yo fui director del área pedagógica del primer grupo. Fue un grupo de jóvenes que estaban atendiendo a un solo llamado, una invitación que recibieron de nuestro Creador a sus vidas, en distintas situaciones de estudio o trabajo, un llamado al servicio. Todos nosotros nos sentimos inspirados por un mismo Espíritu, pero a la vez cada uno con expectativas diferentes: unos tratando de discernir su vocación a la vida religiosa para ingresar como aspirantes a los Hermanos Cristianos y otros que ya habíamos iniciado este camino, estábamos ahí, además de servir, también para consolidar y fortalecer nuestra vocación y seguir nuestros caminos, unos en el postulantado y, en mi caso, en el noviciado.
Algo que no pasó inadvertido en este grupo de jóvenes, es su alegría y entusiasmo con el que se desenvolvían frente a los niños, jóvenes muy dinámicos y activos, lo cual fue muy importante para tener una buena relación de afecto e integración con los pequeños alumnos. Pero lo que resaltó aun más en este equipo de jóvenes misioneros fue la madurez y la responsabilidad con la que afrontaron esta misión, comprometiéndose con mucha pasión al trabajo que se les designó.
Desde mi experiencia como misionero y haciendo un trabajo directo con niños me convenzo cada vez más que uno piensa que está enseñando a ellos, o que uno es el maestro y ellos son los alumnos y meros receptores de nuestros conocimientos, pero la verdad es que ellos, los niños, son nuestros verdaderos maestros, son aquellos de quienes estamos recibiendo verdaderas lecciones, lecciones de amor y ternura, de sencillez y espontaneidad; ellos son seres transparentes, sin prejuicios ni cosas que muchos de nosotros hemos venido perdiendo con el correr de los años, detalles que nos han hecho perder el encanto de un niño, tal vez por los diferentes prejuicios que la sociedad y los diferentes medios de hoy han implantado en nuestros cerebros; pero el hecho es que, al tenerlos al frente, jugar y reírse con ellos, estar con ellos hace que uno vuelva a ese mundo que nunca debió de olvidar, a la inocencia y alegría de ser nuevamente un niño; no por la infantilismo, ni la inmadurez, sino por la transparencia y la sencillez que ellos derrochan. Bien lo decía nuestro Salvador Jesucristo: si ustedes que no se hacen como niños, no entrarán en el Reino de los Cielos (Mt 18,3).
Guillermo: A treinta minutos de caminata desde Monsefú (nuestro centro de operaciones), se encuentra el caserío de Poncoy, un lugar donde hay bastante pobreza al igual que Cúsupe y Valle Hermoso, con la diferencia que en Poncoy la pobreza se ha arraigado con más intensidad, tanto así que no tienen los servicios de electricidad, agua potable, desagüe ni mucho menos teléfono. Pero a pesar de todas estas limitaciones los pobladores aún siguen manteniendo las esperanzas que en algún momento eso se acabará y gozarán de una vida más digna. En este lugar estuvieron trabajando arduamente los misioneros Williams, Juan Julio, Wilmer y Carlos Aurelio, jóvenes que tuvieron que lidiar todos los días con la intensidad del astro rey, la polvareda y el viento para llegar a sus aulas, aulas que fueron ambientadas en humildes casas de algunas familias que voluntariamente nos las ofrecieron para el trabajo con los niños, ya que la pequeña escuela se encontraba en reparación.
En este lugar se dio un caso muy particular e insólito a diferencia de los otros lugares de misión. En el aula de quinto grado donde estaban como tutores los misioneros Wilmer y Carlos Aurelio con un grupo de once niños tenían como alumno a un niño muy especial, Guillermo, no por las limitaciones que presentaba (ya que él tiene una pequeña deficiencia física, es sordo mudo), sino por el entusiasmo y las ganas con las que él afrontaba el estudio, el deseo de querer aprender y salir adelante a pesar de su limitación. Esa deficiencia no lo amilanaba ni cohibía de querer aprender; mas al contrario, pareciera que su sordera es para él un gran reto a vencer y era lo que lo mantenía siempre perseverante y constante en sus estudios. Gracias a Dios este niño se vale de otra niña mucho más grande, con quien no tiene parentesco, quien actúa de “traductora”, Carlos daba las instrucciones y la
traductora empleaba el lenguaje de los sordos para explicar a Guillermo los ejercicios los matemáticas o las prácticas de gramática. En verdad era reconfortante y alentador ver trabajar a este niño junto a su “profe” Carlos Aurelio y a la traductora, quien le dedicaba todo su tiempo y energía de una manera personalizada, lo que hizo de maravillas y con gran alegría. De modo que un día nos sorprendió en las oraciones de Vísperas con una composición que había escrito inspirado en aquel niño, que, me imagino le había cambiado la vida. Carlos no lo sabe, pero reproduzco aquí su composición:
Estaba triste, y un niño me contó un chiste.
Me sentí débil, y un niño me pidió que lo cargara.
Estaba sólo, y los niños hicieron una ronda alrededor de mí.
Me sentí fuerte, y unos niños me hicieron caer
Estaba contento, y una niña lloró conmigo.
Me sentí cansado, y un niño me dijo: “yo lo ayudo “.
Estaba asustado, y un niño me dijo: “yo lo defiendo “.
Sentí mi vida sin sentido, y un niño me pidió que me quedara con él.
Estaba en silencio, y los niños me hicieron cantar
Me sentí confundido, y un niño me pidió que le enseñara.
Estaba olvidándon2e de mí, y un niño me preguntó mi nombre.
Dentro de toda la seriedad con que trabajamos recuerdo un espectáculo gracioso: cuando llegaban a casa de los Hermanos los misioneros que venían de Poncoy, Cúsupe y Valle Hermoso, ellos llegaban con el cabello desarreglado y las caras sucias de polvo porque los caminos son de tierra o arena. La brisa o el fuerte viento en esos lugar es constante; -producto de ese jugueteo entre el viento, la tierra y la arena hacían de los misioneros hombres de aspectos fantasmagóricos y graciosos. Nunca olvidaré esos rostros.
Fueron en realidad muchas las historias y experiencias de cada uno de lo jóvenes que estuvimos este año en este rinconcito del mundo llamado Monsefú, lugar donde año tras año la gente nos acoge con mucho cariño y respeto. Sé que ocupamos un lugar muy importante en los corazones de los niños con los que jugamos y aprendimos, reímos e incluso lloramos el día que nos despedimos, pero la verdad ellos son los que han transformado nuestras vidas y han sido nuestros grandes maestros, maestros de vida y de amor, y como es de imaginarse, ocuparán un gran lugar en nuestros corazones y en nuestro existir, y nosotros en el de ellos. De estas y de muchas otras experiencias hemos sido testigos durante estas tres semanas de misión, las cuales han abierto una nueva página en el libro de nuestras vidas
Si bien es cierto que hay grandes héroes en la historia, pues en la misión tuvimos a muchos pequeños héroes, empezando por todos aquellos que hicieron posible que esta gran obra se realizara, contando también a los misioneros y misioneras que nos apoyaron; y finalmente terminando con los héroes más grandes de este trabajo, que fueron los niños y niñas, ya que sin ellos nuestra labor no tendría mucho sentido por lo tanto todos nos consideramos los “pequeños héroes anónimos del Reino de Dios”.