Rolando es un joven del Paraguay que ha ingresado en la cárcel de adultos después de haber estado en la cárcel juvenil durante cuatro años. En sus veinte años de vida, Rolando ya tiene dos ingresos en el sistema penitenciario, uno como joven y otro como adulto. Al salir de la cárcel la primera vez, Rolando ya había participado de los proyectos de catequesis y oración de los distintos religiosos católicos que visitaban la cárcel. Una gran amistad surgió entre Rolando y el Hermano Capellán, sus palabras de aliento y esperanza siempre lo dejaban feliz y le permitían resistirse a consumir la droga que circulaba en la cárcel como el escape más fácil de la realidad. El Capellán era un contacto con la familia de Rolando, visitaba a su madre para asegurarle que cuando Rolando saliera de la cárcel podría ser un hombre de bien, con un trabajo para apoyar a la madre enferma y a un hermano menor, que había dejado la escuela para vender diarios... ¡Cuánta esperanza y deseos sinceros de cambio transmitió el Hermano Capellán a Rolando y a su familia!
Rolando recibió una buena catequesis, se bautizó el día de Nuestra Señora de las Mercedes y sus padrinos fueron dos laicos misioneros que le ayudaron a mejorar su escritura y lectura y que asumieron el papel de familiares cuando la madre de Rolando falleció mientras todavía le faltaba un año de condena. También ellos trataron de ubicar al hermano de Rolando, el pequeño vendedor de diarios, de quien nunca se supo más. Con toda esta tragedia encima, el bien espiritual de las visitas del Capellán y de los padrinos laicos misioneros, fortalecieron la vida de Rolando hasta que pudo celebrar con alegría su primera comunión, junto con tres otros jóvenes de su pabellón, el Hermano Capellán.., estaba feliz de haber completado con ellos su labor, no había motivo para pensar que estos jóvenes no regresarían a la libertad con una base sólida cristiana, apoyada en la gracia de los sacramentos y en el apoyo afectivo que le podrían brindar sus Asesores de Prueba... sí, lo que quedaba hacer por Rolando y sus compañeros era pedir a los sacerdotes que aceptaran la responsabilidad de ser Asesores de Prueba, recomendarlos para trabajos, conversar con ellos de vez en cuando y hasta tal vez pedirles que fueran catequistas sin duda que ellos estaban bien preparados y Rolando tenía una particular atracción por leer la Biblia.
El Hermano Miguel Loingsigh, director de Pastoral Penitenciaria y Pastoral de Jóvenes Infractores de la Arquidiócesis de Asunción, dialoga con los jóvenes internos como parte de su apostolado diario.
Felizmente un sacerdote amigo vivía en el barrio donde Rolando tenía unos tíos lejanos, si lo hospedaban por unos días, y conseguía un trabajito temporáneo, este amigo sería sin duda el que lo recomendaría al consejo parroquial y alguno asumiría el papel de Asesor de Prueba...
El Capellán consiguió que su amigo el sacerdote firmara los papeles, alguien bueno y responsable del Consejo parroquial asumiría ese papel de Asesor de prueba. Al fin Rolando estuvo libre con un documento en la mano y un gran sueño: no volver a pisar una cárcel por el resto de su vida... Con una pequeña cantidad de dinero compró por primera vez unas frutas frescas, las comió como si fuera lo más delicioso del mundo y, con los zapatos nuevos que le regaló el Hermano antes de salir, dirigió su pasos hacia la parroquia donde se encontraría con su Asesor, alguien bueno elegido por el párroco, seguramente ya tendría un trabajo o al menos algún dirección para conseguirlo. Rolando prefirió ahorrar el pasaje del colectivo y caminar hasta la parroquia, después de todo era bueno respirar el aire libre y disfrutar el sonido de los zapatos nuevos.
“No está el Padre... y el Consejo parroquial se reúne a fin de mes” fue lo primero que escuchó Rolando en la oficina parroquial. La secretaria lo miró con desprecio y sospecha, ni le ofreció un asiento para esperar (no seria que este exdelincuente fuera a meterse en el bolsillo algo de la oficina). Esta respuesta se repitió por dos veces en la tarde Rolando no tuvo más que regresar al día siguiente. Pero el Padre parecía estar ausente, el Consejo parroquial no mostraba la cara o la secretaria no quería que Rolando les hablase. Al tercer día cuando Rolando hubo gastado todo su dinero en alimentos y había pasado dos noches en el banco de un parque, esperó al Padre al salir de su misa, tal vez podría acercarse a él en esa habitación donde se cambiaba de ropa, sin embargo ... el mismo Padre fue el que esta vez le dijo:”le pedí alguien del Consejo parroquial que se encargue de tu caso pero ninguno quiso hacerlo, estamos muy ocupados con los programas de la parroquia y no he podido ponerme en contacto con alguien que te ayude, si pudieras regresar el próximo mes tal vez habrá alguna ayuda y algún trabajo” a Esto es lo único que Rolando no podía soportar escuchar con un día sin comer nada y con sus ropas arrugadas de dormir en el parque. Las palabras del Capellán de la cárcel parecían estar luchando con ese no que lo volvía a la realidad, se dio media vuelta sin despedirse y deambuló por la ciudad experimentando la soledad máxima, no tener a quién recurrir, ni familiares, ni amigos, sólo el recuerdo del futuro soñado en la cárcel y la cólera de ver que las puertas se cerraban... después de varias horas una ola de buenos sentimientos llenaron su corazón ... buscar trabajo por mí mismo, tal vez alguien no pediría documentos, limpiar el jardín de un iglesia, lavar ventanas, lo que fuera... en fin alguna puerta se abriría.., todas estas opciones se fueron estrellando una a una, nadie ofrece un trabajo ni un techo a un exdelincuente, una semana pasó en que Rolando se quedaba dormido rezando el padrenuestro mientras en su estómago sólo tenía algunos pedazos de comida recogidos de la basura de los restaurantes. Al décimo día despertó sintiendo un golpe en la espalda, un guardián lo estaba empujando para que no durmiera tan cerca de una gran residencia, caminó medio dormido hasta un negocio iluminado, tal vez alguna basura buena le proporcionaría algo de comer... todo estaba en silencio, en la vitrina iluminada se mostraban unos fiambres y queso, tal vez unos frascos con algo dulce y atrayente. Rolando pasó de largo tratando de no hacer caso a su estómago, NO ROBAR era uno de los mandamientos que el Hermano Capellán de la cárcel le había enseñado, caminó más rápido, pero una piedra de una construcción salió a su paso, Rolando tomó la piedra sin pensarlo, su estómago gobernaba sus decisiones, se alejó como un metro y medio de la vitrina y arrojó la piedra con todas sus ganas, como si la cólera y la desesperación de los últimos días se concentraran en su brazo ... Rolando no escuchó la sirena, sólo su brazo que ingresaba por el agujero y cuando tomaba el fiambre más grande sintió un corte de vidrió en su antebrazo ... al correr calle abajo el guardián que lo despertó cayó encima de él y otros dos llegaron inmediatamente.., el próximo recuerdo de Rolando fue escuchar la puerta de la cárcel de adultos cerrarse detrás de sí... un sentimiento revolvió su corazón: al menos esta no era la cárcel donde encontraría el rostro de su querido amigo el Hermano Capellán ... viéndolo ingresar en la prisión a donde juró no regresar.
La historia de Rolando es una de muchas que los Hermanos Cristianos en América Latina comprometidos en la Pastoral Carcelaria están en contacto diariamente. La realidad de las cárceles de América Latina son cercanas a un verdadero infierno, las necesidades básicas de alimento y salud no son cubiertas por el sistema penal y la ayuda que ofrece la Iglesia está limitada a unos pocos proyectos.
Edmundo Rice siempre consideró que la presencia de los Hermanos Cristianos en el mundo de la cárcel era un signo de esperanza y consuelo para los internos, aún cuando fueran condenados a muerte. La imagen de los Hermanos Cristianos acompañando a los que subían al patíbulo fue algo ordinario en tiempos de Edmundo. Actualmente hay tres Hermanos Cristianos en América Latina comprometidos con el destino y asistencia de estos nuestros hermanos más pequeños privados de su libertad: “Cuándo te fuimos a visitar en la cárcel?” preguntan los bienaventurados al Cristo glorioso... “Cuando lo hicieron por unos de estos mis hermanos más pequeños” responde desde su trono el Rey de la historia. El Hermano Miguel Loingsigh es una autoridad en la administración y estrategias pastorales aplicables a cárceles juveniles, tarea que realiza en la Arquidiócesis de Asunción desde hace varios años. Igualmente el Hermano Patricio Turner a través de la enseñanza del inglés y la preparación para los sacramentos está en contacto con las esperanzas de recuperación de hombres jóvenes internos en una de las cárceles de Asunción. El Hermano Miguel O'Donnell celebra paraliturgias y lleva el consuelo a muchos internos del Penal de Moyabamba, Perú. Está demás decir que estos apostolados de los Hermanos los vinculan a cientos de familias que necesitan ayuda en el cumplimiento del proceso legal quienes, por su pobreza o incapacidad, ven en los Hermanos a los verdaderos defensores de la causa de los sin-influencias, igual que en tiempos de Edmundo... hay muchas historias donde sólo por la intervención del Hermano se han apurado causas que dormían en el monstruoso sistema burocrático de las cárceles de América Latina.
Creemos que el espíritu santo que es Liberador de los oprimidos se manifiesta claramente en la labor de estos Hermanos. En la homilía de la celebración del Jubileo en las cárceles (julio 2000), el Papa dirigiéndose a los encarcelados les decía: “Es preciso que sea él, el Espíritu de Jesucristo, quien actúe en sus corazones, queridos hermanos y hermanas detenidos. Es necesario que el Espíritu Santo penetre totalmente en esta cárcel en la que nos encontramos y en todas las prisiones del mundo. Cristo, el Hijo de Dios, quiso ser detenido, dejó que le ataran las manos y luego las clavaran en la cruz, precisamente para que el Espíritu pudiera llegar al corazón de todo hombre. También donde los hombres están encerrados con los cerrojos de las cárceles, según la lógica de una justicia humana, por lo demás necesaria, es preciso que sople el Espíritu de Cristo, Redentor del mundo. En efecto, la pena no puede reducirse a una simple dinámica retributiva; mucho menos puede transformarse en una retorsión social o en una especie de venganza institucional. La pena y la prisión tienen sentido si, a la vez que afirman las exigencias de la justicia y desalientan el crimen, contribuyen a la renovación del hombre, ofreciendo a quien se ha equivocado una posibilidad de reflexionar y cambiar de vida, para reinsertarse plenamente en la sociedad.” Ese mismo Espíritu que impulsó a Edmundo a poner los pies en las celdas de Waterford, continúe bendiciendo la labor de nuestros Hermanos. |