Comunidad Nueva en Cochabamba, Bolivia

En la Asamblea de los Hermanos en Buenos Aires en enero 2004 el Líder Congregacional nos retó a abrir dos comunidades nuevas en un país nuevo durante el año. En octubre del año pasado Diego Glos y Juan Casey exploraron
   
posibilidades en Bolivia para la fundación de una misión nueva. Pensamos en Bolivia porque nos da una posibilidad de hacer algo nuevo en un país que es nexo entre los dos lados de la Región. El planteo del Hermano Philip en enero del 2004 está tomando forma, invitándonos a asumir que estamos viviendo un momento nuevo, creando una realidad nueva. Ser Región ha cambiado nuestras vidas como Hermanos.

Es un desafío para nosotros asumir la tarea de empezar una misión nueva en un país nuevo. El Equipo de Liderazgo optó por Cochabamba porque nos ofrece el apoyo de

un trabajo en conjunto, desarollando el tema de misión. Nos abre la posibilidad de explorar una nueva teología de pastoral misionera. Nos ayuda también con una estructura para la reflexión y la articulación de lo que estamos aprendiendo.

La comunidad está situada en el barrio Villa Pagador en la zona sur de la ciudad de Cochabamba. Es una parte de la ciudad que va creciendo con la llegada de miles de familias en estos últimos años. En Villa Pagador muchas familias son de Oruro, una parte minera de Bolivia donde mucha gente se ha quedado sin trabajo. La mayoría de la población ahora es comerciate, saliendo temprano cada día a la ciudad para vender y volviendo muy tarde de noche a sus casas humildes.

En largo plazo Cochabamba va a ser un elemento clave en la formación de los nuevos Hermanos latinoamericanos. Muchas congregaciones tienen sus casas de formación aquí y la Universidad Católica tiene muy buena fama. Estamos desafiados a meter el alma en este momento de oportunidad, a comprometernos con un testimonio claro. ¡Que la semilla sea fecunda!.


Ángel del Campo Williams Távara Hidalgo (Postulante)

El sol brillaba en el lo alto del cielo y azotaba la tierra, como señor feudal, con abrumador calor. El campo, aún pardo, esperaba con ansia, los días venideros, en los cuales su marchito, muerto y reseco rostro se vería cubierto por la siembra de ocasión. Siembra, que no solo une y compenetra al hombre con la madre tierra, en una estrecha unión proveedora de vida, si no que procura extender tal vida mas allá de la frontera del campo, fronteras que no impedirían a ese nuevo alimento, saciar el hambre de todos aquellos moradores del pueblo, que esperan el fruto del trabajo de sus hermanos, que cargarán las energías a sus almas para buscar y alcanzar el futuro que las aguarda. Dentro de aquel florido contexto de colores: verdes prados y amarillas lomas, entre yerbas y abono un grupo de hombres y niños, bajo el sofocante sol de verano colocan sus esperanzas en la vida de la tierra.

Es enero y la temporada de siembra de arroz está cerca, es ahora el momento propicio para preparar el campo, grupos de hombres y niños se aglomeran a lo largo de las hectáreas o zonas reservadas para tal fin. La faena empieza pues con la limpieza del terreno, extrayendo del seno materno de la madre tierra todas aquellas minúsculas materias que interferirán en el crecimiento del arroz, como espinas, piedras, mala hierba, etc.

Dentro de estas tediosas y agotadoras tareas, un niño, de los muchos que hay, luce diferente al resto, sus ojos, brunos iguales a su cabello se asemejan a la oscuridad de una noche, privada de luna; pero aún así sus ojos poseen el brillo de las estrellas. Su cuerpecito, golpeado por los trajines del campo no conserva la frágil apariencia de
   

un niño, el trabajo y sobre todo la necesidad han hecho de lo que alguna vez fue una menuda figura, un hombre en miniatura, de toscas manos y de gruesa espalda, sus pies descalzos y callosos son atacados tanto por el candente suelo como por espinas y matas de hierba; sin embargo, la fuerza de la costumbre ha hecho sanar sus heridas, su piel se ha teñido de un color canela, ¿regalo del incendiante sol?.

Así es Miguel Hugo; parecería que aquel pesado y áspero cuerpecito, forjado en los fragores de la faena del campo ya está preparado para la vida, pero esto es sólo superficialmente. Aquel niño, de apenas nueve años, tiene mucho en común con el arcángel del cual recibió su nombre, es indudable la fortaleza que en él reside y un corazón inigualable…tuve tres semanas para comprobarlo.

Como hace ya nueve años, Monsefú, una pequeña ciudad a 15 minutos de Chiclayo, es la sede de un pequeño programa educativo, programa que se aboca a la nivelación académica para aquellos niños que presentan dificultades en las áreas de matemáticas y lenguaje. Tal programa o proyecto camina gracias al respaldo de un grupo de hombres o mejor dicho una organización de hombres que trata de llevar algo más que conocimientos a aquellos niños. La promoción del amor, un gesto amable, una palabra dulce, una sonrisa. Ánimo y apoyo es lo que realmente se esconde tras esa noble cruzada. Los lectores de El aljibe ya conocen estas misiones, como la del Colegio Newman o la más reciente experiencia de los jóvenes del Stella Maris en Paraguay. En este mismo número hay descripciones de estas misiones que los Hermanos Cristianos emprenden durante el verano en el Perú. Voy a centrarme en aspectos que tal vez no aparecen en las fotos o las crónicas informativas de la misión. Para mí, joven de ciudad me llama la atención el estilo de vida humilde y rústico donde tal vez, la moda o la tecnología no han podido llegar; aun así la vida es alegre y sencilla. Tal vez a primera vista, se podría pensar que la vida es monótona y carente de novedades ¡No es un precio bajo por tranquilidad y paz!

Este es mi tercer año en la Misión , los dos primeros años estuve para discernir acerca de mi vocación. Este tercer año estoy para profundizar la vida de servicio, oración y la vida en comunidad dentro del estilo de vida de los Hermanos Cristianos antes de viajar al Paraguay donde continuaré mi formación. Adaptarme a la vida comunitaria de interrelación, los horarios y tratar de enfocar un balance, entre las actividades que realiza un Hermano Cristiano.

Los primeros días del programa recorrí los caseríos de agricultores de arroz buscando e inscribiendo niños que presentaran dificultades académicas. Fue ahí durante ese día de inscripciones en el caserío del Poncoy, en ese pedacito de espacio perdido en el tiempo, donde Miguel Hugo inició una manera diferente de aprender.

Los primero contactos con Miguel siempre terminaban en espacios vacíos, en los cuales él no pronunciaba ni una palabra. Al principio fue un poco difícil que Miguel se acostumbrara a mi compañía, no en el aspecto del comportamiento, por que siempre se mostraba dócil. Más bien su docilidad no permitía que se expresara libremente; tal vez con miedo a equivocarse y por ende recibir un castigo o un reproche, tales situaciones cortaban o limitaban la expresividad de Miguel; su temor a hablar, tanto frente al profesor como delante de la clase, no impedía su normal desenvolvimiento a la hora de hacer amigos o ser cómplice en alguna travesura durante el recreo.

Tal contradicción de actitudes y comportamientos complicaba que yo entablara una relación más profunda con Miguel. Aún así no dejaba de asistir a clases; sin importar los inconvenientes que dificultaban su aprendizaje. El contexto del cual Miguel provenía era poco alentador; pero su perseverancia era de admirar. Tenia que caminar aproximadamente 45 minutos cada día para llegar a clases, su padre trabajaba en el campo y su madre ayudaba con mayor ahínco en casa, cuidando a los retoños del matrimonio Miguel y Richard, su hermano. Al momento de sembrar arroz, toda la familia se inclinaba bajo el sol para realizar este duro trabajo.

 
Su falta de comunicación contrastaba con sus habilidades matemáticas, tal pareciese que su dominio matemático estaba en función a los negocios del campo y cosas por el estilo, como el número de plantitas que se puede colocar en las hileras y multiplicar el número de hileras para obtener cuántas plantitas hay en una hectárea, etc. Poco a poco y con mucha paciencia iban brotando de sus labios palabras y frases. El progreso era variado pero evidente. Algunos días su progreso nos animaba; pero los siguientes, su retroceso nos frustraba. El transcurrir de las semanas siguientes nos traía nuevas sorpresas, así aquel niño que se mostraba retraído, indeciso e imperturbable como una

ostra, con paciencia, amor y alegría se fue abriendo poco a poco, para enseñarnos al final la perla que llevaba dentro.

Sé que aquellas tres semanas significan para cada uno de los colaboradores de este programa, toda una transformación, dentro de una auto búsqueda y exploración. Los niños por su parte, conocen una manera amena de aprender, donde el error no es criticado; sino es superado, donde el castigo no tiene cabida, por que recordamos que cada niño tiene una manera diferente de aprender y de ver al mundo. Para los profesores voluntarios, estas tres semanas representan una nueva manera de estar en contacto con Dios, se aprecia el crecimiento personal a través del contacto de los niños. El pedir ayuda al hermano, rompe el orgullo que se lleva dentro y deja aflorar la humildad que se oculta a los demás.

La despedida y las lágrimas, ponen fin a tres semanas de trabajo, un trabajo que se convierte en placer. Los recuerdos del primer día y de la llegada saltan a nuestra mente y mientras los niños nos sujetan con sus manitas, no podemos dejar de pensar en el retorno… cuando veo el arroz ya sembrado y los verdes brotes de las primeras hojas, pienso en lo que he sembrado en la vida de Miguel Hugo…

 

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