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son todo lo contrario a los que están levantando las manos para responder a cada pregunta hecha por el maestro o para expresar sus curiosidades e inquietudes.

Pero lo curioso de todo esto es que cuando se juntan todos con sus propias características de la adolescencia (alegría, tristeza, rebeldía entusiasmo, etc.,), podemos transformar el salón de clase en un ambiente rico en cultura y en variedad, donde todos aprenden de todos y cada uno de acuerdo con su estilo y forma de aprendizaje. También es sorprendente descubrir que la única forma de tranquilizarlos es con una buena dosis de amor y comprensión, y algo de rigor también. Es interesante saber cómo con un poco de cariño, de atención a sus problemas, de solicitud a sus necesidades y de un buen diálogo pueden transformar sus rebeldes e indomables corazones, en dóciles y amables. Es precisamente esta atención lo que ellos realmente quieren cuando muestran actitudes rebeldes y hostiles. Un aula inquieta y fastidiosa con alumnos insoportables y egocéntricos es sencillamente una pequeña muestra de cuán necesitados de amor, de afecto, de cariño, de escucha, y de diálogo están estos “incomprendidos adolescentes”, algo a lo cual como religioso educador me siento en la obligación de brindarles, más aun si quiero conseguir de ellos buenos resultados académicos y de crecimiento personal.

Es interesante poder escucharlos cuando vienen y confían en mí lo que guardan amargamente en sus corazones, es ahí cuando uno empieza a entender mejor el porqué de su conducta y comportamiento. Algunos llevan consigo tantas vivencias amargas y frustrantes experimentadas en el entorno familiar; problemas como el alcoholismo del padre, el sufrimiento de la madre a causa de la falta de dinero, el maltrato físico y emocional recibidos directa o indirectamente a causa de la enorme pobreza por la que vienen afrontando sus familias, pobreza que muchas veces hace que no lleven una vida digna. En fin son tantas las dificultades que estos chicos experimentan y es por lo cual que muchas veces no se logran buenos resultados académicos en ellos. En estos casos no son de mucha ayuda los diferentes métodos y técnicas de enseñanza, ni los materiales didácticos empleados, tampoco serviría de mucho un ambiente completamente habilitado con lo último en modernidad y tecnología; nada de esto serviría si antes no se ha descubierto qué es lo que encierran sus jóvenes corazones. . Es preciso saber si el joven ha venido alimentado a clase, tal vez está enfermo, o quizás ha sido testigo, antes de venir al colegio, de una gran pelea entre sus padres; en fin pueden ser diferentes cosas las que lo perturban y producto de ello definitivamente no podrá asimilar la clase que se les ha preparado.

Una de las siete intuiciones del último Capítulo Congregacional de los Hermanos Cristianos es profundizar el significado de ser Hermano en el mundo. Creo que en mi entrenamiento para ser un religioso, el aula sigue siendo un lugar privilegiado para experimentar el acompañamiento fraterno a mis alumnos. Es prodigiosa la experiencia de ser

 

maestro, sin duda una gran vocación de servicio pero sobre todo de amor, porque uno tiene que trabajar directamente con seres humanos y con todo lo que ello implica; pienso que el mayor beneficiado en todo esto sin duda soy yo, ya que soy yo el que aprendo más de los jóvenes que ellos de mi; ellos me muestran el significado de ser Hermano, es una enseñar y aprender constante, y, sinceramente, creo que los verdaderos maestros de vida son “los jóvenes marginados de la sociedad”. Son ellos los que me enseñan a afrontar la vida con coraje y valentía cuando la misma me muestra su cara negativa, son ellos los que me cuestionan cuando en ciertos momentos me siento frágil y quebrantado teniéndolo todo, y son estos mismos jóvenes los que me devuelven siempre el deseo, el sentido y las ganas de seguir con perseverancia la invitación de Cristo, el verdadero y auténtico maestro.





























     
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