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Educar con amor
Saúl Velásquez, Lima


 
…Lanzó el trompo al piso una vez envuelto con el cordel y… nada, el trompó no se deslizó. Volvió a intentarlo por segunda vez y repitió la misma operación… esta vez tampoco logró hacer bailar aquel juguete. Por tercera vez, tercamente reanudó el mismo trabajo y… esta vez si logró su objetivo… ¡hizo bailar el caprichoso trompo! Jesús estaba más que contento por haber logrado algo que había estado intentando hacer por mucho tiempo. Hacer bailar su pequeño trompo.

Aquella tarde yo salía del colegio después de un excitante día de trabajo con los alumnos, apenas había avanzado unos cincuenta metros calle abajo cuando encontré a Jesús jugando con su trompo a pocos pasos de su casa.


 
ejemplo no solo para mí, sino para muchos de los que lo conocemos. Lo más admirable en Jesús es que estudia en un aula de chicos sin limitaciones físicas, los cuales muestran un gran respeto y cariño, por aquel que saben es el personaje que unifica la clase y les da un motivo común para sentirse parte del mismo grupo. Esta realidad que percibo, muchas veces me confronta y cuestiona, sintiéndome en ciertos momentos limitado e imposibilitado por no poder hacer algo eficaz que facilite su aprendizaje de una forma más significativa y vivencial para él. Gracias a Dios cuento con el incondicional respaldo de sus compañeros que no dejan de ayudarlo cuando necesita ser ayudado; por ejemplo, las veces que piden detener la clase al profesor cuando Jesús tiene que cambiar la hoja del tablero braille en el que escribe sus lecciones; también al momento de salir al recreo, guían a Jesús de la mano al patio, lo cuidan para que no se lastime al bajar las escaleras, lo llevan al salón de clase y lo guían hacia su asiento.

Unos cuantos metros lejos de él, se encontraba, cuidándolo sigilosamente, su madre, movida por un gran instinto de amor maternal. Cuidaba atentamente cada movimiento sin quitarle los ojos de encima en ningún momento. Ese día Jesús no había ido al colegio y ¡sí que se notaba su ausencia! No por ser el más inteligente de la clase, tampoco por su simpatía personal, ni mucho menos por ser el más travieso e inquieto de la clase. Sino porque Jesús posee una gran particularidad, algo que lo hace sumamente especial frente a todos los chicos y chicas de su clase. La particularidad de Jesús es que es un niño invidente (algunos lo llamarían ciego), y lo loable en él es que está estudiando en medio de un grupo de 43 adolescentes físicamente sanos e íntegros, es decir que no atiende a ninguna escuela especial.


Todas estas cosas hacen los compañeros de Jesús para poder tener a su lado a aquel compañero que ha convertido esta clase en una muy singular y unida en todo el colegio de los Hermanos Cristianos.

Un aula de clases es un pequeño “universo”, donde cada uno de los que integramos dicho “microcosmos”, poseemos características completamente diferentes del otro. Diferencias no solamente en el aspecto físico, sino también, diferencias en nuestras formas de pensar, de vivir, de amar, de expresarnos, y diferencias en nuestras formas de apreciar el mundo en el que habitamos. Y es precisamente en estas diferencias donde radica la dinámica de la vida, aquella dinámica que hace mover al mundo con pequeñas dosis de esencia humana y chispas de vida;

Jesús es para mi una de mis más grandes motivaciones de entrega y sacrificio, de perseverancia y fidelidad, ya que al afrontar sin ningún complejo sus estudios secundarios sirve de
 
aquel mundo que carecería de sentido y belleza si no existiera lo original. Algunos de mis alumnos son extrovertidos y bulliciosos, en todo momento están hablando, se mueven de un lugar a otro, están atentos a cada detalle y movimiento del profesor interrumpiendo la clase en los momentos menos oportunos. Por otro lado tenemos a los introvertidos, aquellos que me cuestan gran trabajo para hacerlos participar y hablar, estos
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